La pregunta que propone la Dra. María Luisa Banfi es muy interesante. Y es más filosófica de lo que parece. ¿Hay placer en la búsqueda de reproducción, en el acto mismo y en lo posterior? ¿Cuánto incide la familia, el Sistema, la Cultura para la búsqueda de embarazarse? ¿Se torna una obligación para cumplir con deseos que uno cree son propios, pero pertenecen al imaginario colectivo? ¿Cuánto se presiona desde el grupo familiar en cumplir determinadas metas según la edad cronológica? ¿Cuánto se ha fomentado el rol MADRE O PADRE disminuyendo el valor de ser persona o pareja?

  

 

Es común escuchar las urgencias de los otros familiares sobre esto.

Cuando somos jóvenes “¿Cuándo vas a conocer a alguien?”

Luego: “¿Cuándo se van a casar?”

Después: “¿Y el niño o niña para cuándo? ¿Están esperando?”

Si demora: “Miren, que a medida que pasan los años, es más peligroso”

Al llegar el niño o niña: “¿Ya pensaron en el casal? Porque se va a sentir solo sin un hermanito”

Sumando a eso, en todo este periplo, frases como: “¿Cuándo me van a regalar un nietito?” “Mi mayor placer sería que me dieran un nieto para cuidar”

 

Una mujer que no ha sido madre, muchas veces es estigmatizada, sintiendo culpa de no haber gestado.

Hay otros signos sociales y culturales.

Dar un hijo a la patria

Tener un hijo porque de lo contrario la pareja no llega a ser familia

¿Quién va a continuar nuestro apellido?

Antes de disfrutar, hay que ser responsable y cumplir con los deberes.

 

Se agrega también el peso religioso: Si no hay unión de genital con genital en busca de la procreación… es pecado.

 

Aunque no profesemos ninguna fe religiosa, aunque seamos ateos, el peso de lo que está bien y lo que está mal, pesa en nuestras decisiones. 

Y la culpa marca nuestras vidas.

 

Todas estas condicionantes conspiran para ver la sexualidad, y el vínculo sexual como un factor de placer. Y el nacimiento de nuestros hijos, como algo también a disfrutar.

 

Un placer responsable.

 

El placer irresponsable es aquel que hace que dos personas que están deseosas mutuamente de un vínculo sexual, lo tengan sin cuidarse, por lo que luego es muy posible que aparezca el embarazo. Y luego que se interrumpa, o nazca el niño, fruto de una pasión momentánea. 

Si se interrumpe se da un hecho inevitablemente traumático que marcará el futuro de la mujer, y en menor grado (dependerá del grado de compromiso afectivo) en el varón.

Si nace el hijo, muy probablemente los dos terminen conformando la pareja, no por el deseo de hacerlo sino por la responsabilidad de criar juntos al niño.

Una pareja… despareja.

La tercera opción es el alejamiento del padre, con dos posibilidades. Un desinterés y la crianza en solitario de la madre y la familia de esta. O, dos padres separados luchando por la tenencia y el amor del fruto de ambos.

O el rechazo de la madre y así. un niño que es depositado en la abuela u otros familiares, y que crece como una carga.

 

El tener un hijo, hoy por hoy no es una tarea fácil, para la pareja ni para el hijo.

 

Los pacientes expresan en el consultorio crisis originadas por una mala relación entre lo que pide el Sistema esclerosado, y la vida real.

Esquemáticamente se fomenta en la familia, como núcleo de lo Social y Cultural, y sus integrantes, robotitos para cumplir con el mandato de producir. Ese es el esquema a reproducir, pero en lo cotidiano lo que surge es el agotamiento, el aburrimiento, el displacer. 

La jornada tipo es levantarse para ir a trabajar o estudiar. Un desayuno en el mejor de los casos, con un promedio de quince minutos, dominado por la urgencia, cargado de enojos, reproches, culpas. Luego, una jornada para adultos y menores llena de responsabilidades. Con pausa para almorzar, para comer mal, rápido, en lugares inapropiados, para continuar la jornada.

Sobre la media tarde surge la urgencia  de recoger a los niños de donde estén; tarea que casi siempre debe ser delegada a familiares disponibles, o mal humor mediante, buscar cómo resolver entre la pareja de padres el ir a buscar a los hijos.

El arribo de todos, luego de la jornada de trabajo y de estudio, sobre las 19 horas se carga de más urgencias.

El televisor es un aliado maldito para entretener a los menores, habitualmente, mientras se prepara la comida de la noche, se hace lo que quedó por hacer; se reparten tareas. Vuelven los insultos, los gritos, las culpas. El malestar de compartir espacios, cada vez menos y más chicos, de no poder hacer lo que uno quiere.

A la hora de la cena, todos reunidos rápidamente, habitualmente con el televisor prendido, actuando como zombies, apoyadas las miradas en la pantalla, sin mayor conversación, y menos comunicación. O rezongos, culpas y gritos.

La hora de dormir de los niños se transforma en una batalla campal. Gritos, insultos, culpas una vez más. Reproches a los hijos porque no hicieron la tarea como debían, porque no quieren dormir, porque, porque, porque. Y entre sí, por no colaborar uno u otro, porque, porque, porque.

Sobre las 11 de la noche, cuando parece que la calma arriba, los dos están agotados, cansados, fastidiados. 

Falta lavar los platos, ordenar la casa y si alguno quiere tener una relación sexual, difícilmente pueda concretarse de forma placentera, si es que se logra.

El fin de semana si bien cambia la rutina, no transforma al núcleo familiar en algo disfrutable. Surgen nuevas obligaciones (visitas a familiares, paseos para no quedarse encerrados, quedarse encerrados, y la televisión como reina de la casa)

 

Esto que cuento no es invento mío. Es el resumen de casi todos los relatos de pacientes en la consulta.

Ello genera impotencia, disfunciones, violencia doméstica, crisis de ansiedad, ataques de pánico, consumo de ansiolíticos y antidepresivos, y por sobretodo, aburrimiento, sentimiento de frustración, caída de aspiraciones en la vida, pérdida de metas, soledad, aislamiento, vidas vacías.

 

¿Qué hacer? Las respuestas son difíciles de formular. Todo está programado para tener vidas vacías y perdidas.

Tener placer es subversivo. Y vivido con culpa.

Pero la solución es romper con lo que se está nombrando como “la sociedad del cansancio”, enmarcada en otro término también usado últimamente para denominar esta época: Hipermodernidad.

 

Los medios electrónicos cada vez buscan a través de una realidad virtual, seducir y atontarnos con juegos, redes sociales y guasap, haciéndonos creer que esos espacios de escape son la solución que tenemos para salir de este entorno cada vez más agobiante.

 

Para terminar estas reflexiones, ¿Placer y reproducción, un mismo acto? Sí, claro, pero si se tiene en cuenta lo siguiente:

Una relación sexual no implica reproducción. Una relación sexual no implica penetración obligatoria. Una relación sexual debe buscar el goce, el placer de la misma. Si hay una intención de gestar un hijo, bienvenido sea. Pero no debe ser la causa de males posteriores. Sólo debe haber embarazo si es que existe la intención de ambos. De ambos, dije. Porque muchas veces el embarazo implica tontamente el retener al futuro padre, lo cual es perjudicial para la pareja mal formada y para el niño resultante, o  una falta de cuidado que lleva a eso.

¿Placer y reproducción, un mismo acto? Puede ser, pero tiene que existir el deseo. Dije deseo y no necesidad o descuido.

Ambas intenciones, placer y reproducción, forman parte de la sexualidad, y pueden estar unidas o separadas, sin por ello formar parte de lo culpógeno.

 

El placer debe ser respetado. Para ello debemos los profesionales de la salud y la educación, justamente educar a cuidar como un valor supremo el placer compartido, el erotismo, lo sensual que puede estar conformando una vida más plena de la que se nos instruye. Y al niño que venga, darle más posibilidades para que también, a través de los modelos paternos, sea más feliz en su vida.

Aquello de parirás con dolor, absurdo mensaje bíblico debe ser desterrado de nuestro diccionario; hay métodos para parir sin dolor, hay que evitar la culpa por ser felices. Hay que evitar la culpa de gestar amorosamente una nueva vida. Hay que evitar la culpa por no querer tener hijos. Hay que evitar la culpa. Hay que evitar la culpa. Y tener un placer, un goce, un disfrute compartido y responsable.

 

Comentarios  

0 # Marisa López 19-02-2016 17:54
Pienso que en la vida de pareja, y según la edad de los componentes de la misma, se pasa por varios estadios. Cuando la juventud impera en ambos, la relación sexual es puro placer. Lo mismo cuando ambos deciden concebir un hijo, es placer y la ilusión de la concepción; pero el placer manda siempre en esos momentos porque la pasión está en la sangre. No estoy pensando en la situación de querer retener a alguien con un niño. Tampoco en la situación de querer agradar al otro. Ni otras posibles situaciones. Estoy pensando en una pareja que se ama, se atrae y se desea; o invirtiendo el orden también es válido. El dejar fluir esas sensaciones y deseos es un regalo que ambos se dan.
Con el pasar del tiempo, el hijo con ellos, la rutina y las múltiples responsabilida des que genera ser padres, hace que el placer vaya mermando, pero la pareja joven se resiste y busca las oportunidades para estar a solas y disfrutarse.
Las disfunciones aparecen, o se instalan, a medida que las obligaciones aumentan, y la rutina tiene un marcado acento diario. Entonces se comienza a valorar poder dormir una noche entera. O caer como muertos en la cama sin ningún tipo de interés en el otro.
A medida que se van haciendo grandes se instala la ternura, y ahí es cuando el deseo pierde la batalla.
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